Preparativos

preparativos

Corrió por la pasarela elevada, mientras comprobaba en su CCP maestro cada uno de los cierres de seguridad de los pasajeros. Tenía exactamente medio minuto para llegar a otro lado antes de la deceleración del cambio al espacio subluz. Frenó en seco cuando una luz naranja le avisó de que tenía un viajero fuera de su puesto de seguridad. Todas las demás estaban azules. Gruñó y saltó de la pasarela a pasillo principal. Aquella era una maniobra prohibida, porque hacía sospechar a los pasajeros que había toda una nave oculta frente a sus ojos: la nave del servicio.

Forzó una sonrisa y obligó a atarse al pasajero, un hombre con un aspecto de unos cincuenta años que parecía especialmente interesado en que se quedase a su lado. Se negó con una excusa estándar. Aquella situación había sido prevista en su preparación. Cerró la puerta del camarote con un toque en su pantalla y corrió por el pasillo para alcanzar el siguiente puesto seguro. La sacudida le sorprendió a medio camino y se fue de bruces al suelo. Dio gracias al piloto por una entrada suave. Aquel golpe podría haber acabado con su vida.

Tenía cinco horas para bajar al planeta.

Recogió su CPP y comprobó que no había sufrido ningún daño. La pantalla comenzaba a señalar los primeros verdes, correspondientes a pasajeros dejando sus asientos de contención.  Se puso en pie y corrió unos pocos metros más para encaramarse a la pasarela de nuevo.
Corrió por ella hasta el intercambiador. Eligió el acceso al nivel de cantinas y se dirigió a la despensa. Levantó la tableta flexible que era su CCP para granjearse el paso. Abrió la pantalla y comprobó las existencias de todos los suministros, mientras los iba asegurando con una jaula magnética. Mientras metía la mano en una caja abierta de zumos individuales liofilizados para contabilizarlos, tocó la flexible matriz plateada. La levantó con la uña y con sumo cuidado la despegó del interior del contenedor de PBS. Se abrió la chaqueta con la otra mano y la pego con cuidado sobre su cinturón de modo que quedase oculta por la ropa.

El CCP vibró.

Tenía cuatro horas.

Corrió hasta el nivel más bajo. Abrió la puerta de la sala de motores y usó el CCP para comprobar los motores. Todos los indicadores mecánicos eran correctos. Los niveles de radiación eran seguros. Se dirigió a los paneles de los filtros y controles ambientales y anotó los recuentos de indicadores biológicos, patogénicos y de contaminación. Comprobó todos los datos dos veces. Envió los parámetros al control del puerto espacial para que dieran los permisos para entrar en la órbita del planeta. Dejó apoyado el CCP sobre la consola más cercana. Se agachó y metió el brazo con esfuerzo por un resquicio entre dos módulos de control. Cuando lo sacó, agarraba un estuche opaco. Lo abrió y comprobó que contenía una pequeña célula de energía. Un modelo experimental; potente, con gran independencia y del tamaño de un colgante. Cerró la caja y la metió en el bolsillo interior de su chaqueta.

Recogió el CCP. Acababa de llegar la confirmación de órbita.

Tenía tres horas.

Se dirigió a los muelles de carga. Mientras se acercaba abrió los manifiestos. Comprobó cada sección. Las horas de apertura y cierre de cada puerta. Los anclajes de cada caja y contenedor. Era vital que las redes magnéticas estuvieran en perfecto estado. La entrada estaba controlada por una guía de tracción, pero podrían producirse vibraciones. Si la carga se desestabilizaba, había una posibilidad de perder la guía y caer sin control en un punto del planeta. El riesgo era tanto para la compañía como para la población que acogían. Se tomó su tiempo para asegurarlo todo. EL CCP vibró de nuevo. EL tiempo se agotaba. Entró en el submuelle cero; objetos perdidos. Fue directo a la bandeja antifricción y cogió un cristal blanquecino del tamaño de una pelota de golf. Una enorme memoria de datos. Se lo metió en el bolsillo del pantalón.

Tenía dos horas.

Con todo correcto, se fue a su camarote. Dejó el CCP en su base de carga, correctamente configurado para su siguiente usuario. El CCP maestro era una parte más de la nave.

Cogió su maleta y la puso sobre su cama. Sacó de sus cajones sus pocas prendas y efectos personales. Guardó dentro el cristal de datos y la batería. Dejó la matriz en su cinturón, que se volvería a poner. Se desnudó y tomó una ducha de vibración. La hizo larga. Más relajado, se puso el traje de gala, repasó la maleta y la cerró.

Tenía una hora.

Se colocó en su puesto al lado de la puerta principal. Dejó la maletita a su espalda, en contacto con sus piernas. Varios miembros de la tripulación tenían equipajes similares. Aquello le dio seguridad. Se cuadró, mirando la punta de sus zapatos. Cuando levantó la cabeza lo hizo con aplomo y la mejor de sus sonrisas. Comenzó a dar la mano y despedir a los pasajeros, que ni siquiera se fijaban en las personas que les habían servido las últimas semanas.

Sólo quedaban unos minutos.

Cogió la maleta y bajó por la pasarela junto a varios compañeros. Se despidió de ellos con un gesto de la mano, prometiendo llamar para salir por ahí un día de estos. Tomó el ascensor, que en el planeta llamaban orbital, para pisar la superficie del planeta.

Unos pocos segundos.

La puerta del ascensor se abrió. La luz del sol le deslumbró, pero siguió andando. Estaba en casa, y sólo tenía que ensamblarla en una carcasa para que su amor estuviera a su lado. ¡Qué estúpida esa ley que no permite el viaje interestelar a las IAs!

Esta vez su sonrisa era sincera.

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2014

2014

Sacó su smartphone del bolsillo de la chaqueta y miró la hora. Llegaba con retraso. Comenzó a subir los escalones que daban a la puerta de la iglesia mientras apagaba el teléfono y le quitaba la batería. Toda precaución era poca.

Empujó la puerta de madera antigua, grasienta por miles de manos, y saltó el travesaño inferior sin demasiada gracia. El interior del templo era fresco, sintió la humedad del ambiente subirle por las pantorrillas. La sacudió un escalofrío y deseó que hubiese parecido cosa del fervor religioso.

Al pasar al lado de la pila bautismal deceleró el paso. Miró el agua con aprensión. Después, volvió sus ojos alrededor. Decidió que no la observaban y continuó andando sin mojar sus dedos y santiguarse como era preceptivo.

Buscó un hueco en las bancadas de las primeras filas. Aquellas tenían un acolchado del que carecían los puestos de atrás. Llevaba una falda plisada de un largo coqueto, así que prefería no tener que apoyarse sobre la dura madera.  Al lado del púlpito, con un catecismo en la mano, estaba Sergio. Le sonrió al acercarse, pero siguió con su discurso. No, no hablaba sobre religión. Hablaba sobre censura, privilegio del poder, libertad individual y reparto justo de la riqueza. De hecho, era el mismo discurso de siempre. A ella le parecía que había que hablar también de otros temas, como la igualdad entre sexos. Estaba harta de tener que llevar encima su DNI y el salvoconducto firmado por su padre y validado por un chupatintas del estado que decía que era una mujer sensata y honrada y que podía ir por la calle sin compañía masculina. En sus sueños solía destruir ese documento; lo quemaba, lo trituraba, lo hacía añicos con sus propias manos.

Se sentó en la segunda fila, procurando no mirar a la cara a los demás presentes. Sabía que el Padre Román estaba allí, de pie junto al confesionario, pero tampoco lo miró. No era vergüenza, sino más bien aprensión. Sabía que lo que hacía era un delito. Pero sentía que no hacerlo era un crimen.

La reunión estaba terminando. Aquel día se habían librado de la presencia de la policía, así que se había ahorrado el fingir que estaban rezando.  Ella no escuchaba. En ese sentido, sí que estaba usando la iglesia del mismo modo que los feligreses. Sólo que con otros Dios y otro Credo.

Un golpecito sobre sus rodillas la devolvió a la realidad. Bajó los ojos y vió que tenía en el regazo un tomo de la biblia bastante voluminoso. Desde el púlpito Sergio hablaba de tender la mano al hermano musulmán, de acoger la fuerza de la sharia. El califato no puede ser peor que lo que tenemos, argumentaba.  Algunos de sus camaradas asintieron. Ella negó lo con la cabeza. No se daban cuenta no sólo que no era una mejora, si no que sin una imagen de democracia jamás los aceptarían en la Unión Europea. Necesitaban una segunda fuerza internacional para no depender tanto del capricho de Estados Unidos.

Abrió la biblia. En un hueco recortado de las páginas había una pistola. Le habían asignado una misión de sangre. Cerró la tapa con un golpe seco y levantó la vista. Sergio le guiñó el ojo desde el púlpito.

Tenía miedo. Los golpes de sangre eran peligrosos. La Ley Carrero para la seguridad ciudadana, impulsada por el Segundo Generalísimo tras un atentado fallido, era extremadamente dura. Cualquiera podía desaparecer en cualquier momento: terrorista, socialista, comunista, espíritu libre. No importaba. Y los atentados en Europa por los islamistas lo habían vuelto aún más peligroso… Tenía mucho miedo.

Ella no había votado aquello. No estaba convencida de tener la superioridad moral suficiente para matar a alguien, aunque fuera un asesino. Sí, creía que tenían que cambiar las cosas. España llevaba ochenta años sin cambiar lo más mínimo. Pero veía el camino de la fuerza y se sentía sucia.

Dejó la biblia a un lado, se levantó sin cruzar la mirada con nadie y salió de la iglesia. Sus pisadas resonaban con una acusación manifiesta.  Al pasar por su lado, el Padre Román le rozó el brazo. Ella le miró y asintió levemente.  Tenía un turno de confesión.

En lo alto de las escaleras de piedra sacó su móvil, le puso la batería y lo encendió. La primera notificación que le llegó era de la Red Oficial de Noticias del Estado. Era una fotografía del Cuarto Generalísimo con Lady Gaga. A ella se la veía abiertamente incómoda. Aquella imagen le hizo sonreír.

Ghost

ghost

Ella lloraba abrazada a Oda Mae, desconsolada. Era tan difícil aceptar, tan difícil asumir. Tan difícil seguir adelante. Le sentía donde quiera que fuera. Estaba marcada para siempre por su relación. Por la forma que tenía de amarla.

—¿Estáis bien? —dijo una voz.

Era la voz de Sam. Un último quejido se heló en su garganta mientras las lágrimas corrían por su mejillas

—¿Sam? —preguntó con voz queda.

—Molly

—Puedo oírte. —dijo, y su voz acusaba la tormenta de emociones que sentía.

Una luz sobrenatural comenzó a colarse en la habitación. No parecía venir de ninguna parte, ni tampoco llegar a ninguna parte. Sin embargo era una luz cálida, que tocaba el corazón y lo abría a la maravilla. Bajo aquella luz, ambas mujeres pudieron ver cómo se perfilaba la imagen translúcida del joven. Molly miraba aquel milagro, incrédula, mientras sus hombros aún se agitaban victimas de sus sollozos.

Sam se acercó poco a poco a ella, como hacía tan a menudo para consolarla, y acercó su cara fantasmal hasta la de su chica. Molly sintió el cosquilleo frio del roce de los labios de su novio difunto sobre los suyos.

—Sam —les interrumpió Oda Mae —Te están esperando.

Sam miró a la médium un momento y asintió ligeramente. Dejó a Molly y se dirigió a su nueva amiga.

—Adiós, Oda Mae. Y gracias.

—Adiós, Sam. Eres un buen tío.

Sam sonrió ligeramente. Sí lo era. Era un gran tío.

Molly se puso en pie cuando vio que Sam volvía hacia ella. Quería decirle muchísimas cosas, pero no encontraba las palabras y sólo consiguió suspirar.

—Te quiero, Molly —le dijo él tiernamente

Ella no pudo reprimir una risa emocionada. Él la quería. Claro que la quería. Se lo había dicho muchas veces. Casi demasiadas veces..

—Ídem —respondió, como respondía siempre.

La sonrisa de Sam se volvió radiante.

—¡Qué maravilla, Molly! No sabes cuánto me alegro de que me digas eso.

Se acercó aún más a ella y, sin dejar de mirarla tiernamente a los ojos, introdujo una mano en el pecho su chica. La retiró de golpe, teñida de sangre, apretando en su puño el corazón aún palpitante de Molly.

Oda Mae gritó sin poder evitarlo al ver el cuerpo de la amada del fantasma al que había ayudado los últimos días desmadejado en el suelo. Sam miró amenazadoramente a la médium.

—No sabes cuánto amor me llevo —le dijo con una sonrisa demente en sus labios justo antes de desaparecer para siempre en el más allá.

Las ciudades de los muertos

lasciudadesdelosmuertos

En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos.

Pero la brújula de Seol no dejaba de indicar que su camino estaba en el oeste. Oeste. Oeste. Daba igual cuántos planes hiciera, cuántas variables incluyera. Todo pasaba por el oeste. Maldijo la brújula y al brujo Resmur, que se la había dado. Maldijo a todas las sacerdotisas de Phelis, Diosa de la Verdad, y sus asquerosas profecías. Desesperado le dio un cabezazo al tronco del árbol en el que estaba apoyado. El dolor, caliente y sordo, le hizo arrepentirse de toda aquella línea de pensamiento.

Llevaba un mapa en su mochila. No le gustaba sacarlo por temor a que lo vieran. La mayor parte de los mapas del reino ardieron durante la Revolución del Guía. Los viejos nacionalistas verían en él un símbolo de traición y adhesión a la Orden de Cartografía. Y los más de los jóvenes lo que entenderían es que si tenía algo así, posiblemente también llevara encima huevos de oro, cuernos de avundoz o alguna otra cosa igual de escasa y valiosa. En resumen, era peligroso.

Pero el camino no parecía transitado, y la hora empezaba a ser un poco tardía así que supuso que no habría jornaleros volviendo a casa ni nadie que le sorprendiera. Estaba bastante perdido en la espesura. Se sentó en una roca que tenía un lateral ennegrecido por el fuego. Posiblemente los eventuales viajeros aprovechaban aquel claro para acampar y, ahora que lo pensaba, no era del todo mala idea. Con cautela sacó el envoltorio de cuero flexible que tenía aprisionado contra el espaldar de la mochila y lo desplegó. El mapa se desplegó con él, crujiendo ominosamente.

Riss colocó la brújula sobre el mapa como Resmur le había enseñado. Incluso murmuró la fórmula mágica, aunque en el fondo de su alma creyera que el viejo se lo había inventado. La brújula seguía indicando el oeste.

Oeste, a través del Bosque de Fannor. Oeste, más allá de la antigua ciudad de Thisnis

Decían que había cientos de tipos de muertos en el oeste. Que había algunos que eran cruelmente retorcidos y otros que estaban simplemente locos. Decían que algunos estaban hambrientos y dejaban a los aventureros reducidos a huesos quebrados.

Decían que había algunos que asumían tu forma y volvían para procurarte una muerte pública e infame. Decían que algunos encerraban tu alma en una antorcha y ocupaban tu cuerpo para disfrutarlo, para llevarlo al límite y dejarlo destrozado a un lado del camino.

Decían que algunos se metían en tu mente y te hacían experimentar lo que desearan. Algunos te hacían creer que salías airoso y proseguías tu viaje. Otros te sumergían en un infierno de locura o dolor. Algunos te daban aquello que deseas en el fondo de tu alma. Placer. Amor. Victoria…Mientras tanto disfrutaban de ver tu cuerpo ceder, deteriorarse y morir.

No conocía a nadie que hubiera vuelto de un viaje al oeste. Incluso Cobarde Pete, que había dado la vuelta  poco después de superar Thisnis, se había perdido en las tierras de los muertos. Decían que ahora Cobarde Pete no dormía porque los muertos aullaban en sus oídos. Algunos decían incluso que el día que Cobarde Pete se uniera a ellos, se convertiría en un portal y los muertos ya no estarían confinados en sus ciudades. Decían que Cobarde Pete no había vuelto en realidad.

Riss guardó el mapa en silencio, sintiendo el frio del miedo calarle hasta los huesos. Se marchaba al oeste. Aunque se sintiera vacío y aterrorizado. Aunque al oeste estuvieran las ciudades de los muertos.

¡Me uno a la AutumnThon 2015

Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y la imagen ya la tenéis. Sin embargo yo no me termino de creer el dicho, así que ahora os explico de qué va todo esto.

La AutumnThon es una iniciativa conjunta de tres blogs: Imperfect books, La búsqueda de papel y Lectora de 1994 y, como su nombre indica es una maratón de lectura otoñal. Eso sí, una maratón no muy rápida. Se trata de leer 15 libros que cumplan 15 premisas. Un libro por premisa, me parece que lo contrario sería trampa. Para conseguirlo, tengo del día 1 de septiembre hasta el 1 de enero.

Han habilitado también el hagstag #Autumnthon para que podamos comentar como vamos con este reto por las redes sociales.
Las premisas del maratón son:

1. Libro con la portada negra (Dark power xD).
2. Libro en el que haga frío (Que se note que winter is coming).
3. Libro con más de 400 páginas (material de construcción).
La corte de los espejos
4. Libro con la portada verde. Tres corazones, dos cabezas y un verdugo.
5. Libro con un título largo (6 o más palabras).
 Historias que no contaría a mi madre
6. Libro donde un personaje haya estado enfermo. Oasis
7. Libro con una portada bonita.
8. Libro con un árbol en la portada. Tierra de Aves Negras
9. Libro en el que haya un romance.
10. Libro con menos de 250 páginas.
Luna roja en Manhattan
11. Libro en el que salga un animal (no sirven personas que lo parezcan).
Alicia en el país de las maravillas
12. Libro con un protagonista masculino. Cautivo de las tinieblas 
13. Libro clásico (cada uno lo que considere clásico). El Golem
14. Leer un libro pendiente de hace mucho tiempo (ese que cuando lo ves te da cargo de conciencia, ese). El círculo
15. Libro con una adaptación cinematográfica o de televisión. Psicosis

Para motivarnos un poquito más, las organizadoras sortearán 15€ en bookdepository, cumpliendo unos requisitos mínimos que os dejamos aquí abajo:

*Mínimo 10 participantes para que se realice el sorteo.

  • Seguir a los tres blogs (Imperfect books, La búsqueda de papel y Lectora de 1994).
  • Hacer una entrada con la iniciativa dónde pongáis las premisas que vayáis cumpliendo.
  • Cumplir al menos 10 de las 15 premisas (para comprobar que las premisas se cumplen en la entrada de vuestro blog, poned el enlace de la reseña).
  • Poner el banner en vuestro blog.

Ahora que ya sabéis de que va, ¿os animáis vosotros también?

Reto 2015: 12 meses, 12 clásicos.

Una buena amiga, gran lectora y persona muy querida tiene un reto atemporal en su blog oceános de páginas. Se trata del reto 12 meses, 12 clásicos, que nos anima a leer doce grandes clásicos de la literatura a escoger por cada uno de los participantes a lo largo del año 2015.

Los que me conocéis, sabéis que me estoy tomando el tiempo de revisitar clásicos y este reto me viene como anillo al dedo. Es una genial excusa para cualquiera para leer esos libros que hemos visto referenciados tanto pero que no nos hemos tomado el tiempo de leer aún.

Por eso, yo me he apuntado al reto, que empezaré este próximo mes de enero. He decidido ir actualizando este post mes a mes para deciros qué libros he ligado a este reto y dejaros los links a sus reseñas.

De momento os dejo con el banner del reto.

reto 12 meses 12 clasicos segunda edición oceanos de paginas

ENERO – Cumbres Borrascosas, Emily Brontë

FEBRERO – Madame Bovary, Gustav Flaubert

MARZO – La comedia nueva / El sí de las niñas, Leandro Fernández de Moratín

ABRIL – LOS TRES MOSQUETEROS, Alexandre Dumas

MAYO – El fantasma de la ópera, Gaston Leroux

JUNIO – Frankenstein, Mary Shelley

JULIO – El guardián entre el centeno, J. D. Sallinger

AGOSTO – La casa de Bernarda Alba, Federico García Lorca

SEPTIEMBRE – Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carrol

OCTUBRE – EL Golem, Gustav Meyrick

NOVIEMBRE – El collar de Perlas

DICIEMBRE – Julio César, William Shakespeare