Libros que vienen – Abril

Como cada principio de mes, aquí vengo con la carretada de libros nuevos que, en un mundo mágico en el que tuviera dinero para comprarlos (y tiempo para leerlos), querría añadir a mis estantes.

Tiempos de Honor  Ismael Contreras

Nazarí edita la primera secuela de “Donde lloran los dragones”, una nueva aventura en Coraterra que despejará algunos de los flecos del primer libro.

Lo conocí antes de que él mismo se conociese.
Lo conocí antes de las nuevas ventiscas, antes del odio y las conquistas.
Lo conocí antes de que la gente dejase de creer en Dios, antes de que regresasen los dragones.
Lo conocí cuando aún vivía de verdad, cuando era capaz de calmarme, de besarme y hacer desaparecer todo cuanto nos causaba mal.
Lo conocí antes de que la guerra nos consumiese, antes de que tuviésemos que elegir.
Lo conocí antes de estos tiempos de honor, que tan ridículos suenan ahora a nuestros oídos…

Cuentos del Mañana para Ayer. Begoña Pérez Ruiz

Con el criterio y el buen hacer que la caracterizan, la autora de Azul nos trae esta recopilación de ficciones cortas. Algunas se ambientan en el mundo de su novela, otros no, pero todos tienen el gusto de la buena ciencia ficción en su vertiente más social y humana.
Con ella podremos ir llenando el hueco hasta que llegue la segunda parte de su novela larga, y también podremos aprender a apreciar el arte del relato.

Edita Eride ediciones



El zoo de papel y otros relatos. 
 Ken Liu

Seguimos explotando el género corto con el siguiente libro que nos trae Alianza en su sello Runas.

Quince relatos y novelas cortas de uno de los mejores escritores de ficción breve de la ciencia-ficción: Ken Liu.
“El zoo de papel” es la primera obra que ha obtenido los tres grandes premios del género en el mismo año.

El cuento de la criada. Margaret Atwood

Salamandra reedita este clasicazo de la ficción especulativa gracias al próximo estreno de una serie basada en ella. La portada es una edición inglesa, porque no he encontrado la de la nueva edición.

Unos Estados Unidos del cercano futuro han revertido a un sistema religioso y machista en el que las mujeres fértiles se consideran propiedad para la futura perpetuación del orden establecido. Margaret Atwood emplea tal situación para mirar con ironía a nuestro presente que, quizá, después de todo no esté tan alejado del mundo que describe.

El mundo resplandeciente. Margaret Cavendish

Siruela reedita esta obra que se cuenta entre las de la génesis de la ciencia ficción.

Originalísimo trabajo que incorpora además elementos propios de la filosofía utópica y de la novela de aventuras, y una lectura imprescindible para comprender la mentalidad de la época. Con una mirada moderna y subversiva, la autora desafía convenciones literarias, roles de género, divisiones religiosas y teorías científicas, convirtiendo así el fantástico viaje de una dama hasta una extraña tierra poblada por animales parlantes en todo un reto para la imaginación y el pensamiento contemporáneos.


Los jugadores de Titán  Phillip K Dick

Tras perder la guerra contra Titán, la Tierra quedó cubierta de radiación y la mayor parte de la población superviviente es estéril. Las babosas alienígenas que gobiernan el planeta obligan a dichos supervivientes a participar en un juego complejo e interminable en el que se apuestan dos activos muy importantes: tierras y esposas. Pete Garden acaba de perder a su esposa y el territorio de Berkeley, en California, pero tiene un plan para recuperarlo todo.

Minotauro nos edita esta sátira humorística plagada de aventuras de uno de los pesos pesados de la ciencia ficción clásica.

El libro de los espejos . E O Chirovici

Cuando el agente literario Peter Katz recibe un manuscrito titulado El libro de los espejos, no puede evitar sentirse intrigado por lo que encuentra en él. Se trata de las memorias de un tal Richard Flynn, y en ellas habla de su época como estudiante en la Universidad de Princeton en la década de los ochenta, al tiempo que relata su estrecha amistad con otra estudiante y su relación con el profesor Joseph Wieder, un reconocido psicoanalista especializado en la pérdida de la memoria. En el manuscrito, Flynn vuelve a los detalles olvidados de aquellos meses para contar la verdad sobre un trágico suceso que tuvo lugar la víspera de Navidad de 1987, hace más veintisiete años. Pero el manuscrito termina de forma abrupta y el agente literario se obsesiona por desenterrar la verdad. No será el único: un periodista de investigación intenta reconstruir los hechos y el detective original del caso, ya jubilado, pretende resolverlo antes de que el Alzheimer devore sus recuerdos.

Literatura Random House edita esta interesante novedad

Doblan por los mastines  Steven Erikson

Ya está aquí, ya llegó…. el octavo volumen de la saga Malaz.
En Darujhistan, la ciudad del fuego azul, se dice que el amor y la muerte llegarán bailando. Transcurre el verano y el calor es sofocante, pero al hombre redondo y pequeño con el chaleco rojo desteñido le molesta algo más que el sol. Las cosas no van bien. Funestos presagios plagan sus noches y acechan las calles de la ciudad como demonios de las sombras. Los asesinos acechan por los callejones, pero han cambiado las tornas y los cazadores son presas.
Manos ocultas rompen las ataduras de la tiranía. Mientras los bardos cantan sus trágicas historias, en algún lugar lejano se oye el aullido de los mastines… Y en la distante ciudad de Coral Negro, donde gobierna el Hijo de la Oscuridad, hay sed de venganza. Parece que el amor y la muerte van a llegar de la mano… y bailando.


El guerrero a la sombra del cerezo 
David B. Gil

Japón, finales del siglo XVI. El país deja atrás la Era de los Estados en Guerra y se adentra en un titubeante periodo de paz. Entre las víctimas del largo conflicto se halla Seizo Ikeda, único superviviente del clan regente de la provincia de Izumo, huérfano a los nueve años tras el exterminio de su casa. Hostigado por los asesinos de su familia y condenado al destierro y al olvido, inicia un largo peregrinaje al amparo de Kenzaburo Arima, último samurái con vida del ejército de su padre, convertido ahora en su mentor.
En el otro extremo del país, Ekei Inafune, un médico repudiado por aplicar las artes aprendidas entre los bárbaros llegados de Occidente, se ve implicado en una conjura urdida a la sombra de los clanes más poderosos del país. Una conspiración capaz de acabar con el frágil periodo de calma que da comienzo.

Novela histórica que edita Suma de Letras

La carrera. Nina Allan

Tres lugares: Sapphire, Hastings, el Océano Atlántico. Distintos momentos en el tiempo, desde el presente hasta un incierto futuro marcado por el fracking y el colapso ecológico. Tres mujeres: Jenna, Christy y Maree. Experimentos, conexiones telepáticas entre el ser humano y el reino animal, ballenas tan descomunales que su existencia desafía las leyes de la física. ¿Y qué hay de cierto en la leyenda que las cree portales a otros mundos? ¿Existen otros mundos?

Novela de ciencia ficción que edita Nevtsky

El ángel de las tormentas . Trudi Canavan

Tras un año de espera, y bajo el sello de Suma, llega la segunda parte de La ley del Milenio.

Tyen se ha convertido en profesor de magia en una respetada escuela. Aunque no va a ejercer durante mucho tiempo. Corre el rumor de que el temible Soberano de Todos los Mundos ha vuelto y que piensa imponer las antiguas leyes que incluyen la prohibición de las escuelas de magia. Asustados, alumnos y maestros huyen, pero Tyen debe cumplir la promesa que le hizo a Vella, la joven hechicera que alguien convirtió en libro: debe liberarla.
Por su parte, Rielle, que empezaba a acostumbrarse a su nueva vida como artista del tapiz, tendrá que renunciar a ella por culpa de una terrible guerra que amenaza con destruirlo todo. Cuando la derrota empiece a ser evidente, el poderoso Ángel de las Tormentas hará acto de presencia e invitará a Rielle a unirse a la corte de artistas de su reino celestial. Pero ¿qué querrá a cambio de tan extraordinaria oferta?

La flor de fuego Alba Quintas

Nocturna edita esta novela juvenil que lleva al terreno de la ficción la matanza de Colombine.

Nadie sabe qué ocurre en el instituto. Estudiantes y profesores corren por el edificio e intentan salir a toda costa mientras resuenan estallidos similares a disparos… Pero eso no es posible, ¿verdad?
Una chica en la calle asegura que los ha visto entrar y, sí, iban armados. Otro alumno tiembla en la biblioteca tras haber presenciado una escena que jamás olvidará. Y John…¿Dónde está John? ¿Por qué, cuando todos se esfuerzan por huir, él recorre los pasillos en dirección a los disparos? Tal vez él quiera contarlo. Porque esta es la historia de John. Y la historia de John es la historia de Columbine. O quizá no tanto.

Vienen cuando hace frío  Carlos Sisí

La crisis económica azota Estados Unidos. Joe Harper, residente en Baltimore, acaba de perder su empleo. Mientras sopesa mudarse a un barrio más barato, recuerda que su abuelo, el mítico Cerón Harper, le dejó en herencia una cabaña en Sulphur Creek, un pueblo canadiense. Toma el poco dinero que le queda y se dirige hacia allí. Es un lugar remoto y aislado, al lado de un parque natural, ideal para esperar que todo mejore.
La cabaña está prácticamente en ruinas, pero Joe no se arredra. Reconvertido en pionero, arregla el tejado, repara con tablones el porche, consigue apartar piedras enormes. Cuenta cada dólar y lo invierte en comestibles, en agua. Y, casi enfebrecido por el cansancio, se siente vivo. Para su sorpresa, pronto descubre que Sulphur Creek se vacía durante los duros meses de invierno. Un hecho curioso, que podría atribuirse a las extremas temperaturas, pero que parece adquirir otro significado cuando uno de sus vecinos le susurra: «No pase aquí el invierno. Ellos vienen. Vienen cuando hace frío». Sin embargo, Joe no cree en leyendas, fantasmas ni demonios. Piensa que los aullidos que se escuchan son sólo un signo de la fuerte ventisca y que las sombras forman parte de la oscuridad característica de la estación.

Edita Stella Maris

Caen estrellas fugaces  Jose Gil Romero y Goretti Irisarri

Suma de letras nos trae esta prometedora obra

El cielo de Madrid se tiñe de rojo sangre… El firmamento parece venirse abajo. Pero este solo es el primero de una serie de sucesos extraordinarios. A lo largo de dos intensos días de septiembre de 1859, dos personajes opuestos llevarán a cabo la investigación de estos fenómenos. Él es un hombre huraño y cínico, aferrado a la razón, antiguo investigador de falsos milagros que ya no cree en nada; ella, una joven vidente que puede percibir lo que la razón niega pero que vive atemorizada por inquietantes visiones.
Su aventura les conducirá hasta los infiernos, la ciudad de abajo, surcada por pasadizos ocultos; y también a los cielos, sobre los resbaladizos tejados. Juntos, recorrerán ese siglo XIX que se debate entre la fe y la ciencia, la luz y la oscuridad. Allí, donde acechan los monstruos, una singular belleza brilla junto a lo siniestro.


Vencer al dragón Barbara Hambly

Cuando el dragón Morkeleb el Negro ocupó la Gruta de Ylferdun expulsando a los gnomos que en ella vivían, el joven Gareth se atrevió a viajar a las lejanas Tierras de Invierno para buscar a John Aversin, Vencedor de Dragones, el único hombre vivo que, varios años atrás, había conseguido matar uno. A cambio de la promesa del rey de enviar ayuda a las Tierras de Invierno, Aversin aceptó intentar de nuevo la hazaña casi imposible de vencer a un dragón. En su empeño contó con la ayuda de su compañera, Jenny, una hechicera poco experta que conocía sus limitaciones y que, como Aversin, ya no era joven. Pero la realidad no tiene por qué ser igual a lo que narran las baladas. Los héroes son, en el fondo, seres humanos, y esta vez no solo deberán enfrentarse al dragón sino también a sí mismos, a las intrigas de una corte decadente y al poder aparentemente ilimitado de la maga Zyerne

Preciosa reedición de este clásico fantástico que nos ofrece ediciones B.

Dispara a la luna. Reyes Calderón

Lola MacHor recibe un insólito SMS de Juan Iturri, inspector de la Interpol en Lyon. Son sólo dos referencias enigmáticas, pero su instinto le asegura que su amigo está en peligro. A la vez, en presidencia del Gobierno, se recibe una carta con el sello de la Organización, en la que se reivindica el secuestro de Iturri. Junto a sus exigencias, anuncian su muerte en una semana en caso de que no se cumplan sus demandas. Villegas, el mayor experto antiterrorista español en suelo francés, es el encargado del caso, y Lola, gracias a su testarudez, consigue entrar en su equipo. Disponen de cuatro días para liberar a Iturri, pero nada es lo que parece.

Novela negra que aparecerá en el sello Booket y que ganó el Azorín en 2016


Teotoburgo
. Valerio Massimo Manfredi

En septiembre del año 9 después de Cristo, veinte mil soldados romanos avanzan confiados en su victoria hacia un bosque impenetrable en el norte de Germania. Pero en realidad todo comenzó años atrás…
Dos muchachos corren por el bosque. Armin quiere mostrar a su hermano Wulf un prodigio: el «camino que no se termina nunca». Una vía pavimentada de piedras pulidas, tan hermosa como si fuera obra de los propios dioses, que los soldados romanos están construyendo cerca de su aldea, en el corazón de la agreste Germania. Una calzada que cruza bosques, ríos, ciénagas y ni siquiera se detiene ante las montañas.
Mientras están admirándola, oyen los pasos de una patrulla romana. Pese a oponer resistencia, terminan siendo capturados. Sin embargo no les matan. Armin y Wulf son los hijos del caudillo de los queruscos, un guerrero poderoso y amado por su tribu. Son llevados a Roma en calidad de «huéspedes» de César Augusto, quien los deja al cuidado del centurión Marco Celio Tauro.
Años después los dos jóvenes se han convertido en Arminius y Flavus, dos expertos soldados respetados por todos y que han sabido ganarse la confianza del propio emperador.
Pero ¿pervive todavía la llamada de la sangre? ¿Podría la fidelidad a los suyos llevarles a traicionar la tierra que les ha adoptado?

Novedad histórica que nos trae Grijalbo


Poliamor 
Diego Beaumont

Diego Beaumont es artista, poeta y también booktuber. Nos trae un libro que conjuga a la perfección poética e imagen.

Saboreo tus cumplidos, me alimento de tus manías y repito postre de lamentos al limón. Ciego me quedo con tus colores, amarillo y rojo fuego, seductores como banderas desgastadas. Me ensordecen tus excusas, tu rumor de caracola y tu falta de sinceridad. Tu perfume caro me embriaga, empalaga y transmite señales de guerra. No hay tregua sin tus besos ni caricias más suaves que las tuyas.


Cuerpo.
Roger Peruga y Pau Sitjar

Tras sobrevivir a los peligros del Inhuma y el desierto, la compañía, al fin, alcanza su ansiado destino: La Resistencia. Pero su suerte vuelve a truncarse al contemplar la torre de Tad Szulk asediada por el ejército imperial, liderado por la hechicera Valra.
La amarga llegada, dará paso a una lucha feroz por la supervivencia de la Resistencia y sus héroes, envuelta por un manto de engaños y secretismo, que pondrá a prueba las creencias más profundas de Erlin.
El retorno de Franz Smuggler a la capital y su ambición insaciable chocaran con la rectitud del Maestro de Leyes, Valdor Arsent, quien tratará de forjar su propia visión del imperio. El resultado de esta batalla dará rienda suelta a la sed de sangre de Derak, el pirata Inmortal y al momento más convulso en la historia reciente de Maregard.
El regreso de Aldan a su tierra natal, la búsqueda de Erlin y su pasado, el sendero sin retorno de Prescott y la estoica perseverancia de Barlin, dejarán una huella imborrable en el camino del elegido y su profecía.

Edhasa edita el final de esta interesante saga llamada Memorias de Harkeck.

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Una broma

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–No lo entiendo –decía Kah Sdra mientras le ajustaban las cadenas –. Ese chiste me lo contaba mi abuelo.

–Lo sé, Kah –respondió su abogado atusándose el flequillo –. Has tenido mala suerte.

–Sabes que fue veterano de la campaña de S8B14. Él estaba allí cuando el tío del Emperador… ya sabes. –Se mordió el labio y su mirada se desvió al botón superior de la casaca del letrado. No quería empeorar su situación.

–Es para que sea ejemplarizante.

–Lo sé. Pero aún así… ¿no es demasiado? Quiero decir… Destierro de por vida a la colonia 4Luv3RC, que está en construcción, y sin ciudadanía. –Se le escapó una lagrima. Se acababa de dar cuenta de que lo había perdido todo. –Sólo era una broma.

–Ya lo sé –respondió él con un suspiro exhasperado –. Ha sido un mal momento. Con el auge de la resistencia en el sistema S8, lo último que necesita el Imperio es parecer endeble. Piensa en la cantidad de escándalos están estallando últimamente alrededor de los Consejeros Imperiales. El tema de las miles de dosis de Extreyas cargados al presupuesto del Consejo de Guerra, por ejemplo… Las cosas están mal para la estabilidad Imperial. –Kah le miró sin entender –. Eres su cortina de humo.

Dos guardias entraron por la puerta. Llevaban el uniforme completo de asalto, como si Kah fuera el criminal más peligroso del Imperio. El más alto hizo un gesto con la cabeza al abogado.

–Es el momento, Kah –le aleccionó el letrado –. Intenta sonreír mientras te llevan al transbordador. O al menos mantente recta. Si puedes hacer como que has llorado, mejor. Eso les dará una semana más de portadas paternalistas. Y puede que te llegue algo de solidaridad popular. Algún recurso, dinero, consejos.. Vas a necesitar de todo allí a donde vas.

Nuevas Compañías

Nuevas compañias

Riss llevaba horas emboscando a un emboscado. Uno al que se le deba muy mal lo que estaba haciendo. Solo una persona muy despistada pasaría por alto aquella armadura negra mate y aquel pelo antinaturalmente rojo. Pero el mayor problema era su actitud. Todo él exudaba empeño en esconderse y alguien medianamente perceptivo oiría su tensión desde lejos.

Aquello le hacía gracia. Le atraía, del modo insano que los accidentes mortales atraen a las multitudes. Que aquel guerrero se acariciara de tanto en tanto  la muñeca y suspirara sólo aumentaba su encanto. Era como si el pobre llevase en la espalda la marca amarilla que entre los raterillos de su ciudad significaba “panoli”.

De hecho, aquel hombre tenía todos los números para morir.

Le pareció oir la Voz de la Diosa de nuevo. “Salva tres vidas y serás salvado”. Suspiró. ¿Acaso tenía otro remedio? Si había alguien en este plano que diera la bienvenida a todo tipo de baza para seguir vivo, era él. Además, era tan simple como evitar que se suicidara.

Se acercó al guerrero por la espalda. Estaba siendo sigiloso – era algo natural en él – pero si hubiese sido un jabalí en estampida, habría dado lo mismo. El hombre sólo tenía ojos para el camino. Estaba tan concentrado que Riss se permitió trepar al árbol más cercano y sentarse sobre una rama gruesa, prácticamente sobre su cabeza pelirroja.

–Bueno ¿A qué estamos esperando, amigo? –dijo socarronamente.

El guerrero se envaró y lanzó a Riss una mirada larga, evaluativa, con la que pretendía saber si el joven era peligroso, pero también transmitir una amenaza. Desde su asiento en la rama, Riss sitió una aprensión instintiva que no supo definir. Tal vez se había equivocado y aquel hombre no necesitaba ayuda.

Los hombros del pelirrojo se relajaron ligeramente mientras su vista volvía al camino.

–A una recua de esclavos –dijo con voz ronca.

La sonrisa de Riss desapareció por completo. Saltó de su rama y se puso al lado del guerrero.

–¿Esclavos? Están prohibidos desde antes de la Revolución

El guerrero soltó un bufido divertido y condescendiente

–Te sorprendería la cantidad de cosas que no deberían seguir existiendo y que aún pululan por ahí, chico. – Un brillo intermitente captó la atención de los dos.  –Ahí vienen – terminó  con una sonrisa inquietante.

Riss frunció el ceño. No es que imaginara cómo debían ser los esclavistas, pero aquellos reflejos no podían significar demasiadas cosas y ninguna era lo que había esperado. Armaduras pesadas bien lustradas, lo que significaba soldados entrenados y bien equipados, o estandartes metálicos, lo que implicaría que estaban bajo la protección de poderosas casas nobiliarias. O incluso peor, estandartes de cristal. Si eran de cristal, probablemente habría al menos un mago de combate.  En todo caso, lo que se avecinaba le inspiraba la misma confianza que la palabra de un Oeshi.

–¿Qué sabes de esos esclavistas? –La voz de Riss sonó más insegura de lo que había calculado. El guerrero arqueó una ceja.

–Absolutamente nada.

RIss le miró y se contagió de aquella sonrisa segura y afilada.

–Veo que eres todo un estratega. Como a mi me gusta.

Hizo un gesto vago de despedida y se escabulló entre la maleza. Al guerrero no pareció importarle. Su plan de todos modos no contaba con ningún joven aventurero.

Lo que vio Riss en el camino, desde su puesto entre las copas de los árboles, sí que cuadraba con la idea que tenía de unos traficantes de esclavos. Personas que en algún momento fueron asaltadores de caminos, cuatreros o, en el mejor de los casos, mercenarios. Hombres y mujeres que habían sido realmente duros, pero que la vida había masticado para escupirlos luego. Algunos habían sido derrotados por sus heridas, otros por sus adicciones, algunos por algún rival que los había despojado de su honor o su reputación. Todos tenían la misma mirada de hastío. La mirada de los aquellos que ya han perdido suficiente. Tenían por única ilusión vivir un día más y, tal vez, poder beber hasta perder el sentido otra vez. Contó media docena de  guardias para un grupo de unos veinte esclavos.

No había una sola armadura pesada. Ningún estandarte. Nadie validaba o protegía a aquellos hombres. Riss sintió un pinchazo en el pecho. Le costó unos momentos identificar que se trataba de un difuso orgullo.

Los presos –se negaba a pensar en ellos como esclavos– eran todos hombres. Estaban atados entre sí por las cinturas formando una especie de racimo de derrota. Los había jóvenes y ancianos, había varios todos de pelo, distintas pieles, pero la misma mirada vacía. No se buscaban entre sí, sólo caminaban en silencio.

En la parte media de la recua sobresalía un hombre. Caminaba mucho más erguido que los demás y la parte derecha de su cabeza lanzaba destellos metálicos. Sólo cuando se acercaron más Riss se dio cuenta de que una parte importante de aquel hombre estaba moldeada en metal inserto en la carne. El que brillaba estaba en la cabeza, pero también se veía en la cara, el cuello y al menos un brazo. Aquel hombre no estaba derrotado, estaba resistiendo.

Al final del grupo, rodeado por dos guardias, había otro hombre. Era muy alto, y tenía los huesos fuertes, marcados en su mandíbula y pómulos. Su mirada se perdía en el horizonte y daba una sensación general de cierta estulticia, una fuerza sin cerebro. Aquel hombre sin embargo no estaba derrotado ni se dejaba guiar como ganado. Aquel hombre estaba esperando.

El guerrero pelirrojo salió a mitad del camino con pasos elásticos, bloqueando el camino. Era un solo hombre, pero su presencia imponía como si fuera un pequeño ejército.  Riss preparó sus cuchillos arrojadizos. La triste comitiva se acercaba al pelirrojo, que llevó su mano lentamente a la empuñadura de su espada. Una de las dos guardias de la cabeza, una mujer de cabello rubio sucio con una cicatriz que le cortaba el labio, se adelantó para hablar con el guerrero. Estaba demasiado lejos para escuchar la conversación, pero Riss se dio cuenta de que no estaba siendo cordial. La tensión se dejaba ver en la postura de ambos, y era tan patente que incluso los presos se removieron inquietos.

El guerrero desenfundó su espada con un gesto calculado que la hizo soltar un gemido funesto. Al tiempo, la esclavista se llevó la mano a la parte baja de su espalda y blandió un alfanje, corto pero robusto.  Ambos contendientes se midieron unos segundos antes de abalanzarse el uno sobre el otro.

El resto de guardias también desenfundaron sus armas. Dos de ellos –uno de cada grupo, como un movimiento ensayado– avanzaron para apoyar a la esclavista que contenía a su oponente con eficacia, pero con esfuerzo. En ese momento el hombre metálico, que en la mente de Riss ya se llamaba Hombre de Hojalata, agarró del cuello con una mano centelleante al guardia que quedaba y lo alzó sin esfuerzo. Éste pataleó unos segundos antes de caer al suelo, desmadejado.

El golpe del cuerpo de su compañero llamó la atención del puesto de retaguardia, un hombre de melena ensortijada tan negra como su piel. Dio dos pasos  temblorosos en dirección al cadáver. El hombre gigantesco sonrió muy lentamente98i. Pasó la cuerda que le unía al resto de los esclavos sobre la cabeza del hombre que llevaba días burlándose de el y apretó con saña hasta que sintió que sujetaba un peso sin vida.

La situación para el guerrero pelirrojo era más peliaguda. La esclavista rubia había recibido unas pocas heridas superficiales, pero aguantaba apoyada por sus compañeros. El guerrero tenía que repartir su energía para bloquear los golpes. La rubia atacaba con toda la fuerza de su diestra. A su lado, un espadachín zurdo de barba rala mantenía al pelirrojo a distancia con un acero recto de gran tamaño. Estaba flanqueado por los otros dos guardias: una mujer robusta de piel olivacea que atacaba con dos hachas dobles y un hombre extremadamente delgado de pelo pajizo que parecía usar dos espadas cortas con movimientos amplios pero rápidos.

Riss lanzó su mejor daga, que se incrustó en el cuello del esclavista rubio. Éste soltó sus armas y buscó el cuchillo con las manos justo antes de caer. Riss no pudo evitar una mueca de disgusto. Había fallado el tiro.

La distracción permitió al guerrero pelirrojo superar la defensa del hombre de la espada larga, despachándolo de una estocada en el corazón. En ese momento una de las hachas de la más baja de las esclavistas que quedaban se enganchó en una junta de la armadura del guerrero. Éste apretó los dientes mientras seguía defendiéndose de las embestidas furiosas del alfanje. La esclavista morena plantó su pie sobre las costillas del guerrero y estiró. Una pieza de armadura del brazo del guerrero salió despedida. El pelirrojo lanzó un grito preñado de dolor.

–¡Bastarda! –gruño mientras se giraba hacia a ella. Riss creyó ver un reflejo rojo en sus ojos.

El guerrero arremetió de frente, seguro de la superioridad de su blindaje. Alcanzó a la  esclavista morena y cerro su brazo desnudo alrededor de su cintura. En ese momento la mujer comenzó a gritar de dolor. La esclavista rubia aprovechó que el pelirrojo le daba la espalda para alzan su arma. Riss lanzó su segunda daga, que se estrelló contra la hoja del alfanje.

La mujer morena comenzó a arder. Sus gritos agónicos y el olor de la carne quemada colapsaban los sentidos de todos los que estaban cerca. Su compañera tuvo que contener  nauseas y  lágrimas al tiempo.

Riss saltó de su rama con dos dagas en las manos, dispuesto a dar el apoyo que hiciera falta. El guerrero pelirrojo soltó el esqueleto carbonizado de la mujer de las hachas y noqueó a la otra con un golpe seco con el codo, aprovechando su conmoción. Quedó tendida en el suelo, con la parte izquierda de la cara ensangrentada.

El guerrero recuperó su pieza de armadura y se la colocó con un gesto de alivio. A continuación, hincó una rodilla en el suelo al lado de la mujer inconsciente.

El grandullón, que se había arrancado las ataduras, se acercó pesadamente a la esclavista rubia y le hundió la cabeza de un pisotón.

–¿Por qué has hecho eso, bestia estúpida?– gritó el pelirrojo –. La necesitaba para encontrar a Blythe.

El Hombre de Hojalata, que se dedicaba a cortar las ataduras de los demás esclavos, levantó la cabeza al oír aquel nombre.

–No necesitabas –gruñó el hombretón –. Tu dices “bestia estúpida”. Ellos piensan también. Y hablan. Bestia estúpida sabe cosas. –Sonrió beatíficamente.

El hombre de Hojalata se acercó al guerrero pelirrojo, que volvía a acariciar la trenza de cabello que llevaba en la muñeca.

–Esa trenza es suya, de Blythe –dijo suavemente –. Reconozco el engarce que la cierra… ¿De qué conoces a mi hermana, guerrero?

El pelirrojo le mantuvo un momento la mirada. Parecía incómodo, sin saber qué responder. Un movimiento a la espalda de aquel hombre parcheado de metal le llamó la atención.

–¿Dónde crees que vas, Bestia? –recriminó el guerrero al hombre gigante, que se iba en silencio.

El hombretón no le miró ni ralentizó su marcha. Simplemente siguió su camino.

–No le llames Bestia –dijo Riss, evaluando al grandullón –. Puede que les llamen monstruos, u ogros, pero las personas como él son humanos. Completamente. –El hombretón se paró para mirarle. El joven le sonrió. –Tendrás familia. Y un nombre, ¿a que si?

–Ceim. –Se pensó la siguiente respuesta. –No hay familia.

–¿A dónde vas, Ceim?

–Al oeste. –De nuevo pareció pensar si decir lo siguiente. –No hay familia, pero hay amiga. La llevaron con las otras chicas. Ceim la busca.

Riss se giró para mirar a los otros dos hombres. Dibujó una sonrisa encantadora.

–Parece que los cuatro tenemos el mismo camino.  Personalmente, no pienso dejar que unos bastardos trafiquen con la gente. Y no se a vosotros, caballeros, pero a mi me encantaría teneros por compañía.

Se estaba arriesgando. Aquellos hombres eran extraordinarios y le vendrían bien en el oeste. Y eran tres, como decía la Voz de la Diosa. Aunque él no los había salvado, precisamente. Quería la ventaja que suponían todos aquellos músculos extra. Y en el fondo, sentía que molestar en todo lo posible a unos esclavistas era lo correcto. Podía venderlo como lo que hiciera falta. Observo la actitud de cada uno, y le sorprendió intuir que su bravata estaba calando.

Los cuatro se miraron entre sí y, uno a uno, asintieron. Irían al oeste juntos.

–Alguien debería acompañar a estos hombres a su casa, ¿no os parece? –comentó el guerrero refiriéndose a los hombres recién liberados.

Los cuatro se miraron. Ninguno quería dar a ese rodeo, pero tampoco querían decirlo.
Un anciano se adelantó de entre el grupo de presos.

–No os preocupéis por nosotros. Sabemos volver.

El resto de ellos asentían con un murmullo de aprobación. Riss les sonrió. Se acercó al anciano y le puso una mano sobre el delgado hombro, en un gesto de apoyo.

–Gracias. Vuestro valor salvará a los vuestros –le dijo suavemente.

–Ten cuidado, chico. Vas a viajar con tres monstruos –respondió el anciano con preocupación –. Yo no querría.

 

Los cuatro se dirigieron hacia el oeste. Sabían que había muchas cosas temibles en esa dirección. Sobre todo si llegaban a las Ciudades de los Muertos. Riss se quedó un poco retrasado, junto al guerrero pelirrojo.

–¿Puedo preguntarte algo? –comenzó.

–Suéltalo, chico.

–Riss –corrigió él –. Mi nombre es Riss. – Tomó aire. –¿Eres un dragón?

El caballero soltó una risita

–Muy perspicaz. Si. Soy un Caballero Dragón.

Riss le miró de nuevo, parándose en el color de su pelo y el brillo casi febril de sus ojos

–Pensaba que ya no quedaba ninguno.

–Ya te lo dije. Te sorprendería la cantidad de cosas que no existen y que aún andamos por ahí.

Riss se humedeció los labios, dubitativo.

–Y es verdad que, sin la armadura….

–¿Nos quemamos? –terminó el guerrero –. Si.

–Oh –respondió Riss, pensando en lo mucho que eso podía complicar la relación de su nuevo amigo con su amada.

Siempre hemos vivido en el castillo. Merrycat, oh Merrycat

Lei Siempre hemos vivido en el castillo como parte de las lecturas conjuntas del grupo  #LeoAutorasFantásticas. Me costó mucho encontrar una copia en préstamo, y poco después la editorial pareció haber escuchado mis quejas y lloriqueos variados y lo reeditó. Conmigo tenían una venta hecha.

9788494534867_siemprehemovividoenelcastilloNo se me ocurre forma de presentar este libro que sus primeras palabras.
Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto
Las hermanas Blackwood viven una vida aislada y apacible en su casa familiar, sintiendo de lejos el odio generalizado del pueblo. Cuidan de si mismas y de su tío Julian que no hace más que escribir y reescribir sus memorias. Su vida podría ser normal si no fuera porque el resto de la familia murió en aquella misma mansión, victimas de un crimen nunca resuelto.

Siempre hemos vivido en el castillo es el relato real y apabullante de la vida de la américa profunda y sus pueblos, de las hermanas Blackwood, de su sociedad… y de la maldición que todo ello conlleva. Terror realista en grado sumo.

El trabajo de Shirley Jackson es tan terrible como hermoso. Os ruego que toméis lo que tenéis en la reseña como muestra de la narrativa fluida pero cargada de simbolismo y poética de esta narración, que además es relativamente corta. Una narración que es sorprendentemente reivindicativa y feminista, que expone absolutamente ese fenómeno conocido como mansplaining (Como diría en su reseña Eli del canal Libros Prestados, casi todo el nudo es mansplaining:el musical) así como las miserias y maldades propias del monstruo humano, tomado como un individuo monstruoso  y como una mente comunitaria monstruosa.

Y dentro de todo ello, la irrealidad de la mente mágica de la propia Merrycat donde cada pequeño detalle conlleva un mensaje transcendental y donde ella puede manipular las cosas para proteger su mundo y a su gente, para eliminar los agentes que amenazan la paz de su casa.

La lectura de este libro es muy ágil, tal vez ayudado por el hecho de que es un libro corto al que no parecen sobrarle ni faltarle páginas. Una lectura impresionante en conjunto, que impacta por el todo que es más que por sentencias aisladas.

Recomendado para: Todo el mundo. En serio, no sólo es un clásico de su género, si no que no conozco a nadie que se haya arrepentido de leerlo.
Abstenerse: Si buscas otra cosa, como terror de casquería o un libro lleno de artes marciales… 

Título: Siempre hemos vivido en el castillo
Autor: Shirley Jackson
Año de publicación: 1962
Última edición en españa: 2017
Editorial: Minúscula

Escribir NO es MI trabajo

Escribir no es mi trabajo.

No lo es, y no creo que lo sea nunca. Ojalá, ¿eh? Pero aún así… Me considero juntaletras. Más la chica que baila en la verbena del pueblo que la bailarina profesional a la que vas a ver al teatro. Así que no, escribir no es mi trabajo. Pero lo es de otras personas.

Así que hablemos de esas personas.

Son gente que invierte un tiempo y un dinero en ofrecerte un trabajo digno, y en muchos casos, maravilloso. Hacen promociones, con lo que puedes llegar a conseguirlo gratis o muy barato (de verdad, por precios por los que no te agacharías a recoger la moneda del suelo). Así que, si quieres leerlos, simplemente tienes que estar atento y aprovechar la oportunidad. Pero sobre todo, son seres humanos que se esfuerzan  todo lo que pueden y eso merece un mínimo de respeto.

La piratería es cómoda, barata y silenciosa. Ya no se trata de que sea un robo (estamos hartos de que nos lo digan en el cine, en la música…). Es una falta de respeto al autor, a su ilusión y a su esfuerzo.

No, no estoy aquí para decirte que no piratees. No voy a decirte que creo que el arte debería ser más subvencionado y más accesible. Que las instituciones deberían invertir más en bibliotecas y préstamo digital. No voy a decirlo, porque creo que es innecesario. Lo que sí quiero decir es que los autores merecen un respeto mínimo. Así que antes de dar un par de clicks sin consciencia, piensa en lo que realmente estás haciendo.

Encarcelados

encarcelados

Miró a C, asustada. Llevaban juntos en aquella mezcla de cárcel y zoológico muchos años. Con el tiempo habían ido dejando sus puestos asignados, y ambos se daban apoyo en la parte oscura de su gigantesca celda, lo más alejados posible de la pared de cristal.

C era elegante, alto, y T le admiraba especialmente por su capacidad de ser transparente en todas las situaciones. C admiraba a T porque siempre mantenía una sonrisa, tenía una gran corazón y llevaba siempre consigo sus herramientas. En aquellas circunstancias, la resistencia y fortaleza que demostraba manteniendo la esperanza eran algo realmente único.

T empezó a temblar sin poder remediarlo; el cambio de luz indicaba sin duda que venían. La pared de cristal se dividió en dos y se retiró hacia atrás.

-Tranquila. Respira. Mírame a mi. –le dijo C. con voz profunda y brillante. -Así me gusta.

Su sonrisa centelleaba, y T sonrió también, tímida, aún nerviosa. Pero se sentía mucho más segura a su lado, y sabía que estando tranquila llamaría menos la atención y podría seguir allí al menos un día mas.

A lo largo de los años, T y C habían comprobado que los que eran escogidos solían volver cambiados. No sabían qué les ocurría, pero tras unos días fuera lo que regresaba eran personas totalmente diferentes. Habían perdido su brillo; apenas hablaban o balbucían incoherencias sin descanso. Algunos se mantenían dolorosamente quietos, intentando estar siempre despiertos, siempre alerta; otros no dejaban de vagar excepto cuando presentían que se acercaban sus carceleros, sus amos. De cuando en cuando, alguno no volvía. Entonces, con una rapidez pasmosa, los carceleros acudían para llevarse a otro… Hoy, ellos dos eran los únicos que todavía no habían sido llevados. Eran los que se mantenían más enteros.

Sabían que aquello no podría durar mucho, que pronto los separarían, y que los cambiarían para siempre. Y aquello aterrorizaba a ambos. Por suerte, aquel carcelero sólo depositó a algunos condenados en el duro suelo, cerró las puertas y se fue

T miró a C y supo que no podría soportarlo, si los separaban.

C miró a T y supo que no se perdonaría nunca que la llevaran, volver a verla sin reconocerla.

Tenían que escapar. Y tenían que hacerlo aquella noche.

Las luces comenzaron a bajar. T se dirigió a las puertas. Era un movimiento arriesgado. Ella estaba convencida de que había una lógica en las rutinas de los carceleros, que elegían unos tipos u otros de prisioneros según algunos rasgos de su aspecto. Sus observaciones indicaban que cerca de la noche, no escogerían a alguien como ella. C no estaba tan seguro, y la incertidumbre hacía que le temblara el pulso. A pesar de las indicaciones de T, C se acercó también. Sabía que si elegían a T, él se rebelaría. No lo había hecho nunca porque no había manera de vencer a aquellos monstruos que eran sus carceleros, pero sentía que era lo correcto, que defendería a T hasta la última de las consecuencias…

Los carceleros se acercaban; hoy sus pasos eran rápidos y potentes. Muchos presos temblaban y chocaban entre sí… Sólo T parecía serena. Las puertas se abrieron y C notó como todo su ser entraba en tensión. Pero no eligieron a T, a pesar de pasar rozándola varias veces. Ella se mantuvo firme. Dispuesta pero segura. C pensó que nunca la había visto tan hermosa como en ese momento, bañada por la luz dorada de un sol moribundo.

Las puertas se cerraban; era su momento. T deslizó una pequeña parte de su cuerpo en la junta entre las dos hojas, impidiendo que cerraran por completo. Para su sorpresa, aunque pesadas, no ejercían fuerza extra. La tensión era dolorosa, pero merecía la pena. Aguantó.

Cuando se hizo de noche por completo, C se acercó a ella y le ayudó a abrir la puerta. Se sonrieron. Ahora venía lo duro. Para salir tenían que salvar una distancia importante. Tomaron aire juntos y saltaron.

Un estruendo despertó a Susana, que se levantó alarmada y recorrió la casa con el corazón en un puño. Casi se cortó con los trozos de la copa y la taza que habían caído del aparador.

A la sombra del linaje. Linaje significa esencia.

A la sombra del linaje es un libro corto, salido de las manos de mi autora adoptada. Este libro se puede comprar actualmente en librerías especializadas en autopublicados de Barcelona y, si no me engaña la memoria, Madrid.

51t74x1mHaL._SX331_BO1,204,203,200_[1]Mariana es una mujer sabia, mujer de sanación de los bosques del norte. Lo que llaman una meiga. Y está en una situación peligrosa. En su huida hacia su tierra, se encontrará con una niña que también está huyendo. Una niña que se parece a ella…
Acabar de asumir el trono de tu reino cuando va a estallar un conflicto con los pueblos de las montañas es duro. Pero si además de ser un joven rey necesitas ir al bosque a meditar cada luna llena porque eres un lobo, la cosa puede complicarse…
Aitana es una guerrera. Lo lleva siendo desde los 13 años, y serlo es un gran honor. Pero para ser guerrera ha tenido que renunciar a una parte de si misma…

A la sombra del linaje está compuesto por tres relatos. Tres relatos que aunque en principio parecen no tener relación entre si, más tarde se descubren pequeñas relaciones, además de una línea temática.

Que en una recopilación de relatos se descubra que pequeños detalles los conectan es una de mis debilidades. En este caso, A la sombra del linaje se desarrolla en un único mundo, en un tiempo parecido y en una cercanía geográfica. Un monasterio aparece una y otra vez… y parece siempre el mismo. Personajes secundarios parecen repetirse, aunque no se diga su nombre… E incluso se logra el desenlace final de una historia en medio de otra. Un trabajo complejo de narración cruzada, donde todo fluye con naturalidad y las relaciones surgen sin necesidad de verse forzadas.

Blanca Mart despliega en estas hojas una prosa hermosa, cuidada, de alto valor poético, que recuerda en algunos giros y repeticiones a las canciones tradicionales que hablan sobre personajes destacados. Una prosa que no es siempre prístina, pero que es muy disfrutable. En ella el linaje es una metáfora de la verdadera naturaleza de cada persona, sus capacidades y aquello que les hace felices. Todos estamos a la sombra de esto, y nuestro objetivo es descubrir cuál es esa esencia personal y explotarla para ser uno con nosotros mismos. Cada personaje principal en estos relatos tiene como reto principal éste y no otro.

Sí, A la sombra del linaje es una obra de fantasía. Una obra donde los hombres lobo son nobles y civilizados, los guerreros tienen fuerza para ser mucho más que guerreros y las meigas son personas sabias movidas a ayudar a los demás. Una fantasía heroica donde los héroes no son los que más matan o los que cambian el mundo, si no lo que aprenden y siguen adelante.

Recomendado para: Gente que quiere leer una fantasía diferente, sin tramas pesadas y muy lírica
Abstenerse: Gente que quiere alta o baja fantasía estándar y su dosis de casquería

Título: A la sombra del Linaje
Autora: Blanca Mart
Año de publicación: 2010
Úlitma puvlicación en España: 2012
Editorial: Alfa Eridani

Adios

adios

Las campanas doblaban lentamente, marcando el paso del cortejo fúnebre. Desde la ventana sucia de la vieja carpintería, un espíritu burlón, que nadie podía ver, seguía atentamente el devenir de aquella triste y exigua comitiva. Sabía que debía sentirse alegre, o al menos aliviado. Era libre, después de tantos años. Podía vagar a placer, hacer lo que le viniera en gana sin que nadie le detuviera. Era libre de aquella dimensión humana, tan llena de normas y límites. Sin embargo se sentía pesado, aburrido en exceso. Sentía una gravedad en el centro de su ser que no sabía con qué relacionar.

Se sentó en el columpio de una jaula desportillada y se balanceó tristemente. Se dio cuenta de que le iba a echar de menos. De que había perdido mucho más que alguien que le viera, que había perdido a un segundo padre.

La puerta de la tienda se abrió, y la campanilla de latón sonó como si todo pudiera ser como hacía veinte años. Entró un hombre de cabello pajizo y ojos enrojecidos. Sus hombros hundidos indicaban que no se encontraba mucho mejor que el duende que le observaba desde la pajarera. Aquel hombre pasaba distraído los dedos por las superficies, llenándoselos de polvo y suciedad. Era un gesto nostálgico.

El pequeño espíritu sintió que el corazón le daba un vuelco cuando el hombre tocó la jaula. Sólo tenía que cerrar la portezuela, y podría verlo. Si aquel hombre le encerraba, tendría de nuevo un cuerpo pequeño y un penacho de pelo rabiosamente rojo, tendría de nuevo un padre y una razón para seguir existiendo en el mundo de los humanos.

El hombre pasó de largo y tras un pequeño paseo volvió a salir ahogando un sollozo con el repiqueteo de la campanilla.

El duende invisible dejó escapar un lamento. Había perdido su última esperanza. Era hora de desaparecer. Hora de crecer. Hora de dejar de ser Pumuki.

 

El imperio de las tormentas. Enunciado equivocado

El Imperio de las Tormentas era una de las novedades de este año que me hacía ojitos y a la vez me daba algo de miedo, porque la sinopsis era atractiva pero podía dar pie tanto a un buen libro como a uno malo. Lo leí sin seguridad de expectativas ni feedback ajeno, y no me he arrepentido de ello.

portada_el-imperio-de-las-tormentas_jonathan-skovron_201611032056Una chica sin nombre es la única superviviente después de que su aldea fuera destruida por los biomantes, los sirvientes místicos del emperador. Bautizada con el nombre de la aldea desaparecida, Hope será entrenada en secreto por un maestro guerrero Vinchen para buscar venganza.
En las sórdidas calles de Nueva Laven, un chico queda huérfano después de que las drogas y la enfermedad se lleven la vida de sus padres. Una de las mujeres con peor fama del mundo criminal lo adoptará. Ella le pondrá el nombre de Red y le enseñará a ser un ladrón y un estafador.
Las vidas de Hope y Red se cruzarán en esta historia de aventuras y venganza, y su increíble alianza los llevará más allá de lo que nadie habría podido imaginar.

El imperio de las tormentas parte de dos historias distintas que se desarrollan de forma paralela con saltos en el tiempo. Por un lado la historia de Hope, que es dramática y está llena de personajes que la subestiman. Por otro lado, la historia de Red, que aunque es dura está completamente rodeada de ayudas y hermandad. Hope se desarrollará para ser una persona dura, apegada en extremos a su sentido del honor y que valora la lealtad por encima de todo. Red por su parte se convertirá en el típico pillo callejero, encantador y sinvergüenza, cuyo objetivo será ser el mejor ladrón de Nueva Lanven…. pero también cuidar de sus amigos y vecinos del Circulo del Paraíso (uno de los peores barrios de la ciudad), incluso si ellos no quieren. Son. por lo tanto, dos huérfanos con vidas prácticamente opuestas.
Si os fijáis en la portada, un mensaje dice “Él busca poder. Ella, venganza”. Esa sentencia es falsa. Bleak Hope busca venganza, sin duda. Pero lo que busca Red es bastante más complicado que poder. Busca reconocimiento, ser integrado como un miembro más de su sociedad. Pero también busca algo que hoy día entenderíamos como justicia social. Se enfrenta constantemente con todos los estamentos de poder que conoce: con los de dentro del barrio (bandas organizadas), pero sobre todo con los exteriores: los imperiales y, por extensión después, los biomantes.

Pero Hope y Red, aunque son los personajes principales, no son nada sin los secundarios. En el mundo de Red hay un puñado de personajes que son más interesantes que él. Ortigas o Sadie la Cabra se merecen un espacio en el corazón de todos los lectores. Pasa lo mismo con los personajes que se unirán después, como el primo de Red que, a pesar de no estar del todo desarrollado resulta altamente interesante. Y sobre todo, sobre todo Brigga Lin. Brigga Lin es impresionante, sorprendente, y tengo muchas ganas de que se desarrolle más en otros volúmenes porque tiene mucho más que decir.

La historia de El Imperio de las Tormentas no es perfecta. Pero cumple con creces. Puede que le sobre un poco de amor romántico que estaba más que cantado. Pero también tiene mucho argot callejero, mucha lucha de clases, posible transfondo político y un mundo y un par de sistemas de magia que sólo se ven por encima pero que parecen tener mucha más enjundia que la media.  Eso sí, que alguien me explique de dónde viene el título, porque un Imperio si que hay… pero lo de las tormentas no lo acabo de ver.

Añado que este volumen, además de una declaración muy clara respecto al sexismo, incluye una serie de cosas muy guays, como piratas, surikens o steampunk.

Quiero destacar la visibilidad de personajes LGBT en la historia. Si, son personajes secundarios. Pero secundarios con enjundia y, sobre todo, su condición LGBT está ahí sin que centre toda la historia del personaje. Tenemos personajes homosexuales, pero también un gran personaje trans, algo que no he encontrado nunca en fantasía y menos en fantasía juvenil. Un aplauso por esa parte.

El resultado es un libro que se puede leer en una o dos sentadas, de lectura ágil y que ofrece un buen rato. Además es un libro que no se esconde del feismo sin regodearse en él. Nueva Lanven es sórdida, el Círculo del Paraíso es un mal barrio y sus gentes son pillos de clase baja. Esto se representa con crudeza, pero también con emotividad. Hay violencia, hay sexo y la narración, aunque algo directa, mantiene un equilibrio entre lo juvenil y lo adulto. No peca de inocente sin llegar a cotas de exposición del Grimdark.

Recomendado para: gente que quiera desconectar con una baja fantasía que no le obligue a pensar demasiado, personas que buscan personajes LGBT diferentes.
Abstenerse: Hipersensibles al mal lenguaje y el sexo. Gente que busque algo muy desarrollado, es una primera parte… y se nota. 

Titulo: El Imperio de las Tormentas
Autor: Jon Skovrom
Año de publicación: 2016
Edición en España: 2017
Editorial: Minotauro

Sigue la luz

sigue la luz

Luz se apoyaba indolentemente en aquella maleta-trolley rosa fucsia que tanto detestaba. De nuevo en aquel piso antiguo de molduras blancas, techos altos y suelos de madera oscura que crujían como las tripas de una bestia centenaria.

Llevaba casi diez años siguiendo aquella tradición de mudanzas estacionales. Primavera en la ciudad con sus abuelos maternos, verano la playa con su padre, otoño en el ático de su padrastro y finalmente invierno en aquella especie de cueva decimonónica de su abuela paterna, a la que no veía nunca ni aún viviendo en el mismo lugar. Un ciclo eterno de aburrimiento que la llevaba a no sentirse cómoda en ningún sitio y la preparaba para independizarse en cualquier momento.

De todos los lugares en los que había vivido, aquel piso era el peor. Era frio y muy grande. La puerta de entrada daba a un hall con una pequeña mesita en la que sólo cabía un centro de mesa de plástico, y dos sillas estilo Luis XVI blancas y doradas. Tenía dos alas. La derecha era la que ocupaba la abuela. Sólo tenía permiso para llegar a las dos primeras puertas: la cocina y la despensa. El resto era terreno prohibido, anatema geográfico. Su espacio era el ala izquierda. Lo primero que tenía era un saloncito que servía de tapón al pasillo que conducía a una pequeña biblioteca, una enorme habitación y un baño alicatado en blanco y azul que podrían utilizar diez chicas como ella sin estorbarse.

Resopló para apartar de sus ojos un mechón rojizo. Esperaba a que su abuela se dignase a acercarse y recibirla. La vio llegar por su pasillo, como viniendo de otra dimensión, una mujer cuya edad no sabría calcular, que miraba más allá de ella y que era incapaz de llamarla por su nombre.  La muchacha se apartó de la maleta y se acercó a la anciana, que le dio dos besos sin contacto, dejándole las fosas nasales colapsadas con su aura de talco.

Le habían dicho que era igual que su abuela de joven, pero ella lo dudaba muchísimo. No veía en aquella mujer enjuta, seca de trato y parca en palabras nada que quisiera pensar que había en sí misma. Su abuela era un entidad primigenia que existía tal y como existen los elementos naturales y a la que no se le podía imaginar un alma humana. Era mejor asumirlo y seguir adelante.

Miró cómo su abuela se alejaba de nuevo y, resignada, se dirigió a su cuarto haciendo rebotar las ruedas de su maleta por la madera con un sentimiento de rabiosa rebeldía adolescente, alegrándose de romper la perfección apolillada del entorno. Se detuvo un momento ante el cuadro de sus pesadillas infantiles. Cogió aire, enderezó sus hombros y se dijo a si misma que no había nada que temer. Ya no era una niña.

Era un cuadro grande con un marco pesado lleno de volutas negras y brillantes que parecían  sospechosamente orgánicas. La pintura reproducía la habitación en la que estaba, demostrando que toda la casa estaba congelada en el tiempo y que ella, simplemente, sobraba. La única diferencia entre el cuadro y el saloncito era la iluminación. El salón recibía mucho sol durante gran pare del día, pero el cuadro era muy oscuro. Daba la impresión de que se había pintado en un momento en el que el sol, la luna y las estrellas se hubieran apagado de golpe y se pudiera ver exactamente la fuerza de la existencia de cada objeto. Aquello ya era bastante inquietante por si mismo, pero aquella chica pelirroja que creía haber visto varias veces en distintas poses y lugares a lo largo de los años acababa de hacerlo espeluznante.

Claro que, ahora que ya tenía dieciséis años, sabía que aquello no eran más que tonterías, imaginaciones de una niña pequeña sola en un mundo demasiado grande. Y sin embargo, hacía esfuerzos por no pestañear.

Luz no podía dormir.  Conocía bien la sensación de extrañar la cama, y sabía que no era eso lo que le impedía conciliar el sueño. Lo que la estaba enervando era un sonido ahogado, como si alguien rascase una tela. No había descansos en el sonido, pero tampoco era constante. Parecía claro que lo producía algo vivo.

Desesperada por el cansancio, decidió averiguar qué pasaba. Descolgó sus pies por un lado de la cama, demasiado alta, que la hacía sentirse insignificante, y saltó.Tanteó la pared en busca del interruptor, lo accionó pero solo recibió un click. Volvió a intentarlo un par de veces más, pero quedaba claro que no funcionaba. Cogió su teléfono, que había puesto a cargar, pero tampoco consiguió nada de él. La batería estaba agotada; no podría usarlo para alumbrarse aquella noche. Suspiró. La abuela habría olvidado conectar la electricidad de aquella parte de la casa.

Abrió con esfuerzo los postigos de su ventana y comenzó a buscar alguna linterna, pero la único que encontró que una palmatoria con una vieja vela. Dudó un segundo. El fuego era una de las prohibiciones de su abuela. Fuego, luces encendidas fuera de la habitación en la que estaba… la lista era larga. Pero había algo urgente en el sonido, algo que le empujaba a desobedecer las normas. El olor a azufre y carbón de la cerilla inundó la habitación, recordándole el infierno, mientras ella encendía la vela.

A la luz de la pequeña llama, las sombras en los pasillos se convertían en algo móvil e impredecible. Los sueños dormidos y polvorientos cobraban vida en los rincones y su corazón latía con un ritmo irregular, incapaz de coordinar las órdenes de calmarse que le daba su mente y la aprensión involuntaria. El sonido le guiaba hacia el saloncito. Sentía que se le erizaba el cabello a cada paso que daba.

Abrió la puerta despacio y coló la vela en el salón. El titilar de la luz se unía al temblor de su mano. La estancia estaba vacía pero el rasgar seguía, nítido, fuerte. Giró su cabeza hacia la chimenea, buscando siempre a procedencia del ruido.

Una mano muy blanca arañaba el cuadro sobre la chimenea. Una mano humana, joven, estilizada, muy similar a la suya. Y, tras la mano, el rostro triste de una chica pelirroja que podía ser perfectamente ella misma.

Luz respiraba superficialmente. Una lágrima inadvertida resbalaba por su mejilla, y sentía que perdía toda su estabilidad. Antes de darse cuenta de lo que hacía, corría hacia el cuadro con la vela por delante. No sabía que quería hacer, si quería confirmar lo que veía, asegurar lo imposible.

Luz aplicó la llama de la vela a la base del marco que tanto había odiado. La chica del cuadro había parado de rascar y le sonreía. El marco se retorció bajo el calor del fuego con un chirrido agudo, como si estuviera quemando la muda de un insecto gigante. Un grito sonó en las habitaciones de la abuela.

El cuadro prendía con rapidez, emitiendo una especie de chillido agónico. La danza del fuego era hipnótica para Luz, que observaba todo, paralizada. La chica del cuadro veía como su mundo se destruía con una expresión de paz.

De pronto sintió una garra en su hombro que la obligó a girarse. La mano esquelética, calcinada, de la abuela manchó de hollín su pijama y alcanzó a ver en el fondo de sus ojos vacíos una llama de odio puro justo antes de que la criatura que llamaba abuela se desplomara convertida en cenizas.

Los flashes intermitentes de los servicios de emergencias se colaba por la ventana. Alguien apuntaba una linterna a sus ojos.

—Sigue la luz, guapa —le decía una voz tranquilizadora.